martes, 6 de enero de 2026

Fernando

 Nació en una noche de lluvia torrencial, que ahogaba el llanto de su madre, en una hemorragia brutal de sentimientos de abandono, ira y amnesia selectiva para narrar la historia de la forma más eficiente y evitar preguntas horrorosas a futuro.

Es un niño. Suspiró, al menos le ahorró este episodio en la vida, el camino de las mujeres en su familia estaba maldito, cegado por penas y simulacros de felicidad. Todo bajo bisutería de plástico y mucho labial rojo.

Es un niño precioso para su madre, tanto que le llenó la cabeza de humo y fantasías de una vida de lujo que merecía aunque fuera a deuda y pago de cama. Porque el puesto de cajera lavar ajeno, planchar y sonreír por encargo, nunca eran suficientes. Pero el instinto animal, la levanta en las mañanas y la mantiene en pie por las noches.

10 años debajo del cobijón de sueños que le terminaron de pudrir las neuronas con aires de grandeza. Ya desde la escuela cambiaba besos por tareas y poemas zalameros con las maestras al enfrentar una tardía o una tarea incompleta.

Preludio del fin, pero la esperanza suele traicionar y brindar consuelo a los incautos. Las travesuras van tejiendo las mañas del futuro de forma hábil, casi inocente, como algo común. El niño de oro, se fue ganando una reputación de enamorado, aunque no sintiera miseria por nadie. Alguien podría decir que fue un regalo adelantado útil para la adultez.

Una tarde, idílica como un algodón de azúcar. Conoció a doña Clara, la abuelita de todos, la misma que regala confites por favores. A la edad de Fernando, los negocios se pagan en efectivo y no se dejan astillas en el asco. Eso lo superó al recibir el dinero para engache de la motocicleta.

Su madre no hizo preguntas, solo sonrió orgullosa y pensó que una linda chaqueta vendría a juego. La vejez es precaria, solo va dejando terror desgranado en canas y piel floja. Una caricia aunque sea pagada puede aliviar el albán de años que pesan con la condena del cielo y el terror de la muerte tocando los pies en las noches de largos episodios de tos, producto de los ayunos sostenidos con cajetillas de cigarros. Los profetas han hablado, ahora viene la temporada del silencio.

Estaba orgullosa de llegar a su trabajo en moto, abrazada a la espalda de su hermoso hijo. La envidia de todas las costureras de la fábrica. Ya era imune a todos los comentarios mordaces, porque a diferencia de las otras, ella, sí iba a salir de esa gusanera de 12 horas laborales, cenar en un restaurante al menos una vez a la semana, evadir las tiendas de segunda mano y los largos inviernos caminando bajo los aguaceros.

Su hijo, solo sonreía y la dejaba hacer planes mientras calculaba su tiempo en la universidad y el cadáver que sacaba a desempolvar tarde por medio.

Doña Clara, exigía más tiempo en compañía, desempolvó la peluca buena, actualizó la dentadura con dientes más largos para rellenar la encía y verse más joven. Todo una ilusión, un muñeco de trapo caro.

El destino no fallaba, un bar oscuro en algún pueblo de la montaña, donde su disonante aparejo, solo parecía decorativo, mientras la hiciera reír, el destino a la muerte parecía más amable.

La cadena los mantenía unidos, cada eslabón es necesario para el otro o no. A los 21 años, la colección de cadáveres ya era evidente, un contacto jalaba a otro, la agenda estaba llena y la reputación, ya estaba sellada.

La universidad restaba tiempo valioso en las tardes de bares de mala pinta olvidados en los puntos turísticos. Había aprendido el intrincado movimiento de cadera de la bachata, la seriedad del paso doble y la nobleza del bolero. Ninguna de sus amigas era menor a 60, su número de la suerte, transacciones simples vulgares pero honestas. La mamá en casa, remojando sus juanetes en agua de rosas, viendo novelas y fumando cajetillas importadas. A la espera de doña Clara, ya había prometido su hermosa casa, siempre que pudiera mantener el amor o la devoción.

Fernando, ya no estaba tan seguro, el olor penetrante de la orina en los pañales de Clara, ya no era fácil de disimular o la molestia del llanto cada vez que la mandaba a dormir. Los sedantes surtían menos efecto, la vieja era dura como el plomo y resistente como el diamante. Muy inconveniente para el negocio y los hijos metiendo las narices cada vez más seguido en las cuentas bancarias y los gastos.

La sonrisa será eterna pero la paciencia limitada. Y la dejó resbalar en la tina con varios sedantes navegando de forma apasible por las venas.

Una revisión rápida del testamento y Fernando, llave en mano, organizó la venta de trastes viejos más rápida de la historia. La esquina del puto, le apodaron. Y para molestar a los vecinos pintó la fachada roja.

Es medianoche 5 años y el huracán atraviesa la ciudad rasgando el cielo y techos a su paso. Los truenos disfrazan los golpes en la puerta y el tropel de policías entrando con una orden de arresto.

La mamá, ha vuelto a la gusanera de la fábrica, más pobre, más vieja y con tos lacerante con sangre.


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