Nunca he tenido claridad en nada. He ido por la vida rebotando de un problema a otro, con la certeza de que ahuyento espíritus. Ya he padecido bastante; no puedo permitirme que se enganchen a mi propia condena.
Desearía que mi nariz se escapara, como la de Gógol, para al menos tener un día sin la batalla del moco y la alergia; una cosa menos que ocupe mi mente. Pero no: apareces, sin permiso, y lo peor, con hálito de clarividencia, cuando ya es demasiado tarde para respirar el mismo aire. En mi férretro ya aprendí a respirar los gusanos y dejarlos anidar en lo que me queda de conciencia. Extraño la reducción al absurdo, pero ya ha pasado mucho desde que leíamos libros en bares de karaoke, y emprendíamos viajes a las empolvadas cuevas de ácaros buscando joyas en libros olvidados. Vuelven los matices de Ortega y Gasset: tardes frías y muchas horas remojadas en cerveza.
Caída tras caída, pudimos erigir al menos 10 Sacros Imperios, con sonrisas, y destruirlos por asomo de algarabía en la sombra de la noche, porque el tiempo iba en contra. Ahora solo colecciono esqueletos y hojas sueltas. Quizá, en algún momento se conviertan en cromos que destilen advertencias para quien ya no tiene nada que perder.
Reza sobre los libros de autoayuda. Clama por la reversión de toda la fantasía hasta dejar desnuda la apatía. Eso es peor que la misma muerte: caminar de día siendo solo un mortal, con deseos de aferrarse a la muerte, mientras la salud permanece implacable. Queda en sentencia: 60 años con el devenir y el Demiurgo.
Permanece la simulación de respirar porque no hemos llegado a las cenizas: estamos atrapados en el carbón.