jueves, 27 de noviembre de 2025

Diario de una contusión.

 Era 10 de Julio, cuando una huelga de autobuseros enardecidos, cerró el paso por la autopista; entonces al igual que la mayoría de personas, bajé de mi bus y comencé a caminar. A paso lento -he de confesar- porque el tumulto y la música con las consignas tenían un ritmo intoxicante.

Creo que tropecé unas cuantas veces en medio de la procesión porque las pancartas eran tan llamativas y elocuentes que mi mente estaba enganchada en la protesta como una ignota.

Un leve tac-plac, hizo que mi pie resbalara y la tapa de la suela fue un recuerdo más en la alcantarilla.

El calor amenazaba con carbonizar el asfalto, pero la gente ya estaba en trance, porque el Ministro de Trabajo, se dirije al punto de encuentro. Los noticieros, hacían consultas a los dirigentes y seguían transmitiendo en vivo desde la mesa de negociación.

El sindicato, ha comenzado a ceder. Un periodista ha revelado una nota informativa sobre fraude, los empleados se niegan a creer y el asfalto cruje.

Me aproximo al cono de circunvalación, el hervidero sigue creciendo, el calor amenaza con la deshidratación mientras la fuerza trabajadora sigue apuñándose contra la policía.

He logrado ubicar mi oficina entre los edificios distantes. El asfalto cruje más y comienza a reclamar los cimientos socavados, el nulo mantenimiento y los pernos más delgados que se usaron para abaratar costos; quieren unirse al sindicato. En un acto de solidaridad vuelve a crujir.

El puente está resentido por tanto herrumbre y la calzada dispareja finalmente cede.

En un instante mi cuerpo desaparece y mi cabeza se sumerge en un mar de partes humanas y vehículos. Desaparecen las consignas, las pancartas, la música, el sindicato y mis piernas.

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