martes, 9 de diciembre de 2025

Namibia.

 

Se llamaba Namibia, a pesar de ser albina como leche descremada. No tenía grandes aspiraciones, solo un cajoncito con cuentas brillantes que la hacía reír en los días malos.

Tampoco era hábil en la cocina; una vez se quemó la mano con una sopa instantánea de microondas, pero era feliz.

Todo en su vida eran líneas planas, colores desteñidos y almuerzos con los pacientes una vez al mes, repitiendo los mismos temas como los calendarios de supermercado. Era una existencia mecánica, noble y predecible.

Era domingo y protagonizaba una de las tantas travesías ensayadas a casa bajo la lluvia, siempre por la misma calle, pero en la esquina la esperaba un revés. Resbaló en una alcantarilla; la presión del agua y el rugido de los truenos la arrastraron 100 metros hacia la tubería principal, donde su afortunada fisonomía atasco la basura y desechos pluviales.

Estuvo dos, tres o seis horas. No lo sabía; su reloj se había perdido en el descenso. Nadie se había percatado de ella, pero tampoco quería gritar. Sentía pena, olía a cloaca, estaba atrapada y no tenía idea de dónde estaban sus piernas. El frío había adormecido todo su cuerpo y no podía dejar de pensar en lo mucho que este inconveniente se salía de su rutina. Continuaba haciendo el recuento de la hora y lo que se suponía debía estar haciendo.

La ansiedad comenzó a presionar su corteza prefrontal; ya no estaba cómoda en esa posición y tampoco estaba dispuesta a aguantar más tiempo. Intentó levantarse, pero la corriente se había amoldado a su ropa y la sostenía con fuerza. Varios intentos se fueron reproduciendo con miserables resultados.

Era casi la hora de la cena y el estómago no miente; en ese momento comenzó a recordar las cosas que le disgustan de su vida: las cortinas blackout, las envolturas con el supuesto "abre fácil", las frituras con etiquetas que anuncian en letras gigantes: " altas en grasas saturadas ", los cafés fríos y tampoco le interesaba la filosofía en los empaques de la comida gourmet o lo ridículo de su situación. Mientras debatía con su estómago, una mano la tomó del moño y la arrastró fuera.

El dueño no era un caballero elegante, solo un hombre regular. Atónito, preguntó varias veces si estaba bien, si quería ir al hospital, pero Namibia, que terminaba su monólogo mental sobre lo que le disgustaba, no estaba atenta a la vida que se seguía reproduciendo  a su alrededor.

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