Se llamaba Namibia, a pesar de ser albina como leche descremada. No
tenía grandes aspiraciones, solo un cajoncito con cuentas brillantes que la
hacía reír en los días malos.
Tampoco era hábil en la cocina; una vez se quemó la mano con una sopa
instantánea de microondas, pero era feliz.
Todo en su vida eran líneas planas, colores desteñidos y almuerzos con
los pacientes una vez al mes, repitiendo los mismos temas como los calendarios
de supermercado. Era una existencia mecánica, noble y predecible.
Era domingo y protagonizaba una de las tantas travesías ensayadas a casa
bajo la lluvia, siempre por la misma calle, pero en la esquina la esperaba un
revés. Resbaló en una alcantarilla; la presión del agua y el rugido de los
truenos la arrastraron 100 metros hacia la tubería principal, donde su
afortunada fisonomía atasco la basura y desechos pluviales.
Estuvo dos, tres o seis horas. No lo sabía; su reloj se había perdido en
el descenso. Nadie se había percatado de ella, pero tampoco quería gritar.
Sentía pena, olía a cloaca, estaba atrapada y no tenía idea de dónde estaban
sus piernas. El frío había adormecido todo su cuerpo y no podía dejar de pensar
en lo mucho que este inconveniente se salía de su rutina. Continuaba haciendo
el recuento de la hora y lo que se suponía debía estar haciendo.
La ansiedad comenzó a presionar su corteza prefrontal; ya no estaba
cómoda en esa posición y tampoco estaba dispuesta a aguantar más tiempo.
Intentó levantarse, pero la corriente se había amoldado a su ropa y la sostenía
con fuerza. Varios intentos se fueron reproduciendo con miserables resultados.
Era casi la hora de la cena y el estómago no miente; en ese momento
comenzó a recordar las cosas que le disgustan de su vida: las cortinas blackout, las envolturas con el supuesto "abre
fácil", las frituras con etiquetas que anuncian en letras gigantes: "
altas en grasas saturadas ", los cafés fríos y tampoco le interesaba la
filosofía en los empaques de la comida gourmet o lo ridículo de su situación.
Mientras debatía con su estómago, una mano la tomó del moño y la arrastró
fuera.
El dueño no era un caballero elegante, solo un hombre regular. Atónito,
preguntó varias veces si estaba bien, si quería ir al hospital, pero Namibia,
que terminaba su monólogo mental sobre lo que le disgustaba, no estaba atenta a
la vida que se seguía reproduciendo a su
alrededor.
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