Maestra con más treinta años de experiencia, aterroriza estudiantes desde hace veinte y cinco años. Enchapada a la antigua, educada con regla de madera, tacón y collar de perlas, los planeamientos escolares siempre presentados a mano, con exuberante letra de molde, los subtítulos subrayados y tinta roja para rematar las malas calificaciones que se enmarcaban en un círculo en el margen superior derecho de las pruebas escritas.
Ahora
todos sus colegas eran pusilánimes. Suspiró decepcionada sobre su vasito de cartón. Se había relajado
demasiado, al punto de perder el registro de las tareas; el asunto era grave, tendría
que hacer ajustes en los puntajes, porque había extraviado los extra-clases de
agricultura, nunca le había pasado, se disculpó a sí misma pensando en la edad,
la menopausia y la presbicia.
Volver a las caras felices cada mañana, le producía una sensación de
odio, el mayor disgusto, provenía de las personitas con atisbos de gran
personalidad, le molestaban los niños que deseaban hacer todo de forma
independiente e intentar sobornarla con un dulce o una fruta.
En su escala de disgusto, había algo peor: las madres involucradas con la junta administrativa, el club de enseñanza o teatro, que continuamente solicitaban citas para revisión de progreso en materias aplazadas, revisión de notas o seguimiento de la feria científica. Demasiado trabajo por unas criaturas inútiles que jamás iban a lograr sobresalir, a pesar del pensamiento inspirador de sus madres o las múltiples técnicas Montessori en boga.
Se miro al espejo y noto que el tinte ya no lograba cubrir las canas,
quizá era tiempo de solicitar un retiro anticipado, lo merecía, como
compensación por los años educando en las escuelas de la zona rural. Parecía
una gran opción, siempre la asaltaba la misma duda ¿Qué iba a hacer sola en su
casa? La escuela le proporcionaba una diversión maligna cada vez que entregaba
exámenes. Siempre había datos ocultos, preguntas de respuesta múltiple o
materia no calificada. Pero su deleite venía después, al llamar en voz alta
aquellos que tenían las notas más bajas. Le encantaba mirar el espectáculo, la
humillación y los abucheos del resto de la clase.
Su hija tenía más treinta años, o casi treinta, la verdad no lo
recordaba, perdió el interés obligatorio hacía su familia. No dejaba de recordar en los 3 ataúdes, dos
blancos y uno gris. Siempre pensó que los gemelos podían compartir uno, porque
habían venido al mundo de una misma placenta y se marcharon estando en el mismo
sitio, desde el punto de vista práctico, las cajas para niños eran
irracionalmente caras. Después de ese evento tenía la excusa
perfecta para convertir todo en una molestia y justificar su poca tolerancia.
Con el deceso de los hombres de su vida, al final tenía un respiro. Su
esposo fue el daño colateral de una antigua amistad entre familias, las vacaciones y las fiestas, siempre se
organizaban en torno a ambas casas, el paso natural era perpetuar la costumbre
con un nuevo enlace, más profundo. La condena de ser consuegros y no solo
mejores amigos. Nunca se llegaron a percatar de los golpes y las marcas de la
faja en su espalda o de las muchas veces que la violaba al llegar de una salida
con los amigos.
Los gemelos, eran producto de una noche de billar con los amigos. No los
quería, pero tampoco podía matarlos, eran su sangre, su hija ya tenía como 7 o 10 años, la
verdad no estaba segura, insinuaban que su hombría decaía, no lograba tener más
hijos. Cansado de las bromas y las palmaditas en el hombro, tomó el remedio en
sus manos, en sentido figurado. Amarilis, siempre esquiva, con dolor de cabeza,
“la cosa de las mujeres” No la escuchó, la golpeó hasta que dejó de oponerse.
Llegó el día del parto, cuarenta largas horas, dolor intenso y la
esperanza intermitente de morir, sin embargo, caminamos en el infierno sin
posibilidad de morir, solo por el placer malsano del destino. Nació el primer niño, Amarilis, estaba
decepcionada, seguiría con vida con el agravante de cuidar a un mini-emperador.
Tiempo después comenzaron los dolores, la enfermera, le gritaba que debía pujar
de nuevo, venía otra criatura. Esta vez decidió enviar todo el odio contenido
con la última contracción, el esfuerzo la dejó en la zona gris de los
recuerdos, daba gracias por acabar con la respiración y sentir que la vida se
le iba escurriendo entre las piernas, producto de la hemorragia.
No murió, aunque estuvo en el hospital cerca de dos semanas, furiosa
regresó a casa con dos varones en brazos y otro locamente complacido. No todo fue
mal, ahora tenía una niñera a tiempo completo, afortunadamente su esposo
desconfiaba de sus habilidades como madre. Y regresó a la escuela, tan pronto
como pudo.
Tenía un récord de asistencia perfecta, nunca dejó de dar clases, era un
castigo muy irónico, huía de tres niños, para cuidar de cuarenta y cinco de
otras personas, por siete largas horas. Pero al menos con los últimos no debía
quererlos o involucrase con sus sentimientos.
Era una alegría, no escuchar las letras: ¡Mamá, quiero leche! ¡Mamá quiero jugar! ¡Mamá eso es mío! ¡Mamá
mira qué bonito! ¡Mamá te quiero! ¿Mamá,
dónde está papá? ¿Mamá por qué papá solo le pega a mi hermana? ¿Mamá por qué
papa te pega? ¿Mama por qué mi papá solo quiere a mis hermanos?
En la escuela podía verter un poco del odio y la miseria que la quemaban
por dentro, con pequeñas travesuras. Podía dar datos adicionales que nunca
escribía y luego los convertía en preguntas de mayor puntaje en las
evaluaciones y así sus alumnos fracasaban miserablemente, sin salida, como
ella.
El fin de año, era la época más desagradable del año, Los cinco estaban
atrapados en la casa, sin descanso, con visitas entrenando y saliendo, su
marido flotando en un océano de alcohol, mientras el ruido de fondo eran los
reclamos por no tener árbol navideño o decoraciones, las interminables
preguntas por Colacho y los regalos.
Simplemente ya no lo soportaba, un colapso nervioso estaba pellizcando
persistentemente su párpado derecho, alistó a sus hijos y le encargó a su
esposo comprar el árbol y se convirtió en un viaje de hombres.
Redobló la dosis de rompope y gotas para dormir, con la esperanza que se quedara dormido en la cochera y así explicar porque no podían ir por el bendito árbol. Su esposo se subió al auto y desaparecieron al doblar la esquina.
Horas más tarde apareció su hija pidiendo comida, entonces recordó que
tenía 2 hijos más y que era tarde. No habían regresado, lo cual era esplendido.
Amaneció y no regresaban, la verdad, no le interesaba, estaba más
conforme sin tanto ruido, era como vivir sola, su hija ya había aprendido a
esquivarla y se preparaba sanguches cuando tenía hambre.
Avanzo el día y luego llego la noche nuevamente, seguía sin hijos y sin marido, parecía un sueño del cual no quería despertar. Luego amaneció otro día, entonces pensó que al menos debía preguntar a su suegra, para denotar interés.
Su suegra, montó en cólera, luego de varias llamadas histéricas a la
policía y los hospitales, aparecieron los cuerpos. El carro se había volcado
por la poca visibilidad que dejaban las ramas del ciprés, los niños murieron
instantáneamente según dijo el forense. Pero su esposo se había desangrado
hasta morir.
Al menos pagó en vida decía Amarilis para sí misma, debía mantener el
aplomo cada vez que ese pensamiento le cruzaba la cabeza, para no sonreír
complacida y en cuanto a sus hijos, no eran más que el recordatoria de la atroz
obligación del matrimonio. Estaba libre, al menos de la mayor carga.
La ceremonia fúnebre fue corta y muy frugal, pensaba en los ahorros y
todo el dinero que su esposo le había quitado durante años de su salario.
En efecto había mucho dinero, el desgraciado era borracho, pero ordenado
en las finanzas. Le sorprendió saber que tenía un nicho en el cementerio
completamente pagado. Esa no fue la mayor sorpresa, sino la fecha de compra,
cercana a la época del embarazo de los gemelos. Le placía el hecho de donar el
cuerpo del marido a la ciencia o donarlo por partes, porque tenía la idea del
desmembramiento en su cabeza. Tristemente no pudo, llevaba casi tres días
cuando los encontraron y el alcoholismo, había calcinado casi todo.
Solo quedaba su hija, era un plato más en casa, no tenía voto en sus
decisiones, y no le generaba problema, ambas se esquivaban con éxito. Descubrió
las bondades de la viudez: unas vacaciones extendidas y pensión, además de la
indemnización estatal, su suegra se ahogaba en sus propias babas gracias a la
apoplejía causada por la pérdida múltiple, no tenía ruido en sus espaldas,
tenía poder, se había ganado el título de mártir, el resto de los parientes, la
dejaron sola. Y un último regalo, por parte del Estado: una indemnización en
gran cuantía por falta de señalización en la carretera.
En este punto sola y con canas, era su momento. Solicitó la jubilación y
espero pacientemente dando clases. Con el proceso desarrollándose
factiblemente, dar clases fue divertido, no necesitaba enseñar nada, ni prestar
atención,
En la escuela todo marchaba de forma regular, con caos y carreras por
los pasillos, pero Amarilis, se encuentra apacible en su escritorio, ya es
inmune a todo, además la jubilación ya fue aprobada, solo hacer acto de
presencia, como en la mayoría de los eventos en su vida. Sus alumnos siguen vivos al terminar la jornada
escolar, ha cumplido.
Maletas listas, pasaporte en mano, electrodomésticos desconectados,
próxima parada Roma. A pesar de la prisa, un imprevisto en la puerta. Su hija
ha venido de visita con 2 cafés empacados para llevar. Ha insistido en dejarla
en el aeropuerto, el café está un poco amargo y con sabor metálico, pero bueno,
no tiene importancia, hoy nada puede molestarla.
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