martes, 9 de diciembre de 2025

Amarilis

Maestra con más treinta años de experiencia, aterroriza estudiantes desde hace veinte y cinco años. Enchapada a la antigua, educada con regla de madera, tacón y collar de perlas, los planeamientos escolares siempre presentados a mano, con exuberante letra de molde, los subtítulos subrayados y tinta roja para rematar las malas calificaciones que se enmarcaban en un círculo en el margen superior derecho de las pruebas escritas.

Ahora todos sus colegas eran pusilánimes. Suspiró decepcionada sobre su vasito de cartón. Se había relajado demasiado, al punto de perder el registro de las tareas; el asunto era grave, tendría que hacer ajustes en los puntajes, porque había extraviado los extra-clases de agricultura, nunca le había pasado, se disculpó a sí misma pensando en la edad, la menopausia y la presbicia.

Volver a las caras felices cada mañana, le producía una sensación de odio, el mayor disgusto, provenía de las personitas con atisbos de gran personalidad, le molestaban los niños que deseaban hacer todo de forma independiente e intentar sobornarla con un dulce o una fruta.

En su escala de disgusto, había algo peor: las madres involucradas con la junta administrativa, el club de enseñanza o teatro, que continuamente solicitaban citas para revisión de progreso en materias aplazadas, revisión de notas o seguimiento de la feria científica. Demasiado trabajo por unas criaturas inútiles que jamás iban a lograr sobresalir, a pesar del pensamiento inspirador de sus madres o las múltiples técnicas Montessori en boga.

Se miro al espejo y noto que el tinte ya no lograba cubrir las canas, quizá era tiempo de solicitar un retiro anticipado, lo merecía, como compensación por los años educando en las escuelas de la zona rural. Parecía una gran opción, siempre la asaltaba la misma duda ¿Qué iba a hacer sola en su casa? La escuela le proporcionaba una diversión maligna cada vez que entregaba exámenes. Siempre había datos ocultos, preguntas de respuesta múltiple o materia no calificada. Pero su deleite venía después, al llamar en voz alta aquellos que tenían las notas más bajas. Le encantaba mirar el espectáculo, la humillación y los abucheos del resto de la clase.

Su hija tenía más treinta años, o casi treinta, la verdad no lo recordaba, perdió el interés obligatorio hacía su familia. No dejaba de recordar en los 3 ataúdes, dos blancos y uno gris. Siempre pensó que los gemelos podían compartir uno, porque habían venido al mundo de una misma placenta y se marcharon estando en el mismo sitio, desde el punto de vista práctico, las cajas para niños eran irracionalmente caras. Después de ese evento tenía la excusa perfecta para convertir todo en una molestia y justificar su poca tolerancia.

Con el deceso de los hombres de su vida, al final tenía un respiro. Su esposo fue el daño colateral de una antigua amistad entre familias, las vacaciones y las fiestas, siempre se organizaban en torno a ambas casas, el paso natural era perpetuar la costumbre con un nuevo enlace, más profundo. La condena de ser consuegros y no solo mejores amigos. Nunca se llegaron a percatar de los golpes y las marcas de la faja en su espalda o de las muchas veces que la violaba al llegar de una salida con los amigos.

Los gemelos, eran producto de una noche de billar con los amigos. No los quería, pero tampoco podía matarlos, eran su sangre, su hija ya tenía como 7 o 10 años, la verdad no estaba segura, insinuaban que su hombría decaía, no lograba tener más hijos. Cansado de las bromas y las palmaditas en el hombro, tomó el remedio en sus manos, en sentido figurado. Amarilis, siempre esquiva, con dolor de cabeza, “la cosa de las mujeres” No la escuchó, la golpeó hasta que dejó de oponerse.

Llegó el día del parto, cuarenta largas horas, dolor intenso y la esperanza intermitente de morir, sin embargo, caminamos en el infierno sin posibilidad de morir, solo por el placer malsano del destino.  Nació el primer niño, Amarilis, estaba decepcionada, seguiría con vida con el agravante de cuidar a un mini-emperador. Tiempo después comenzaron los dolores, la enfermera, le gritaba que debía pujar de nuevo, venía otra criatura. Esta vez decidió enviar todo el odio contenido con la última contracción, el esfuerzo la dejó en la zona gris de los recuerdos, daba gracias por acabar con la respiración y sentir que la vida se le iba escurriendo entre las piernas, producto de la hemorragia.

No murió, aunque estuvo en el hospital cerca de dos semanas, furiosa regresó a casa con dos varones en brazos y otro locamente complacido. No todo fue mal, ahora tenía una niñera a tiempo completo, afortunadamente su esposo desconfiaba de sus habilidades como madre. Y regresó a la escuela, tan pronto como pudo.

Tenía un récord de asistencia perfecta, nunca dejó de dar clases, era un castigo muy irónico, huía de tres niños, para cuidar de cuarenta y cinco de otras personas, por siete largas horas. Pero al menos con los últimos no debía quererlos o involucrase con sus sentimientos.

Era una alegría, no escuchar las letras: ¡Mamá, quiero leche!  ¡Mamá quiero jugar! ¡Mamá eso es mío! ¡Mamá mira qué bonito! ¡Mamá te quiero!  ¿Mamá, dónde está papá? ¿Mamá por qué papá solo le pega a mi hermana? ¿Mamá por qué papa te pega? ¿Mama por qué mi papá solo quiere a mis hermanos?

En la escuela podía verter un poco del odio y la miseria que la quemaban por dentro, con pequeñas travesuras. Podía dar datos adicionales que nunca escribía y luego los convertía en preguntas de mayor puntaje en las evaluaciones y así sus alumnos fracasaban miserablemente, sin salida, como ella.

El fin de año, era la época más desagradable del año, Los cinco estaban atrapados en la casa, sin descanso, con visitas entrenando y saliendo, su marido flotando en un océano de alcohol, mientras el ruido de fondo eran los reclamos por no tener árbol navideño o decoraciones, las interminables preguntas por Colacho y los regalos.

Simplemente ya no lo soportaba, un colapso nervioso estaba pellizcando persistentemente su párpado derecho, alistó a sus hijos y le encargó a su esposo comprar el árbol y se convirtió en un viaje de hombres.

Redobló la dosis de rompope y gotas para dormir, con la esperanza que se quedara dormido en la cochera y así explicar porque no podían ir por el bendito árbol. Su esposo se subió al auto y desaparecieron al doblar la esquina.

Horas más tarde apareció su hija pidiendo comida, entonces recordó que tenía 2 hijos más y que era tarde. No habían regresado, lo cual era esplendido.

Amaneció y no regresaban, la verdad, no le interesaba, estaba más conforme sin tanto ruido, era como vivir sola, su hija ya había aprendido a esquivarla y se preparaba sanguches cuando tenía hambre.

Avanzo el día y luego llego la noche nuevamente, seguía sin hijos y sin marido, parecía un sueño del cual no quería despertar. Luego amaneció otro día, entonces pensó que al menos debía preguntar a su suegra, para denotar interés.

Su suegra, montó en cólera, luego de varias llamadas histéricas a la policía y los hospitales, aparecieron los cuerpos. El carro se había volcado por la poca visibilidad que dejaban las ramas del ciprés, los niños murieron instantáneamente según dijo el forense. Pero su esposo se había desangrado hasta morir.

Al menos pagó en vida decía Amarilis para sí misma, debía mantener el aplomo cada vez que ese pensamiento le cruzaba la cabeza, para no sonreír complacida y en cuanto a sus hijos, no eran más que el recordatoria de la atroz obligación del matrimonio. Estaba libre, al menos de la mayor carga.

La ceremonia fúnebre fue corta y muy frugal, pensaba en los ahorros y todo el dinero que su esposo le había quitado durante años de su salario.

En efecto había mucho dinero, el desgraciado era borracho, pero ordenado en las finanzas. Le sorprendió saber que tenía un nicho en el cementerio completamente pagado. Esa no fue la mayor sorpresa, sino la fecha de compra, cercana a la época del embarazo de los gemelos. Le placía el hecho de donar el cuerpo del marido a la ciencia o donarlo por partes, porque tenía la idea del desmembramiento en su cabeza. Tristemente no pudo, llevaba casi tres días cuando los encontraron y el alcoholismo, había calcinado casi todo.

Solo quedaba su hija, era un plato más en casa, no tenía voto en sus decisiones, y no le generaba problema, ambas se esquivaban con éxito. Descubrió las bondades de la viudez: unas vacaciones extendidas y pensión, además de la indemnización estatal, su suegra se ahogaba en sus propias babas gracias a la apoplejía causada por la pérdida múltiple, no tenía ruido en sus espaldas, tenía poder, se había ganado el título de mártir, el resto de los parientes, la dejaron sola. Y un último regalo, por parte del Estado: una indemnización en gran cuantía por falta de señalización en la carretera.

En este punto sola y con canas, era su momento. Solicitó la jubilación y espero pacientemente dando clases. Con el proceso desarrollándose factiblemente, dar clases fue divertido, no necesitaba enseñar nada, ni prestar atención,

En la escuela todo marchaba de forma regular, con caos y carreras por los pasillos, pero Amarilis, se encuentra apacible en su escritorio, ya es inmune a todo, además la jubilación ya fue aprobada, solo hacer acto de presencia, como en la mayoría de los eventos en su vida. Sus alumnos siguen vivos al terminar la jornada escolar, ha cumplido.

Maletas listas, pasaporte en mano, electrodomésticos desconectados, próxima parada Roma. A pesar de la prisa, un imprevisto en la puerta. Su hija ha venido de visita con 2 cafés empacados para llevar. Ha insistido en dejarla en el aeropuerto, el café está un poco amargo y con sabor metálico, pero bueno, no tiene importancia, hoy nada puede molestarla.

 

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